Victoria miraba a través de la ventana de su cuarto, en la Torre de Kazlunn. Estaba apunto de producirse el primer amanecer, por lo que la luz menguaba poco a poco. Una ligera brisa movía las hojas de los árboles que se veían desde aquel lugar. Suspiró y se fue hacia su cama. Llevaba encerrada varios días, tal vez semanas allí. Era difícil llevar la cuenta del tiempo que pasaba en Idhún, al menos para ella.
Un golpeteo de nudillos en la puerta la sobresaltó. Se volvió a levantar y caminó hacia la puerta, notando el frío del suelo de piedra en los pies. Abrió y vio la figura de Jack ante ella. Le sonrió y le envió a pasar. Él le devolvió una sonrisa forzada y se dirigió a la cama. Se sentó en ella y esperó a que Victoria se acercase. Desde hacía unos días, su relación se había distanciado un poco. El dragón apenas paraba en Kazlunn, pues estaba ocupado haciendo «cosas de dragones». Victoria le había preguntado en alguna ocasión qué significaba eso, pero Jack parecía reacio a contarlo. La chica no había insistido, pero estaba profundamente intrigada.
-¿Qué tal, Vic? -inquirió algo azorado.
La chica se cruzó de piernas y apoyó el codo en la rodilla.
-Bien, estos días apenas ha habido actividad. Y no sé dónde están Qaydar y los aprendices de magia -respondió ella con voz tranquila.
-Siento haberte dejado sola tanto tiempo, es que... -comenzó Jack, pero Victoria lo interrumpió.
-Jack, tranquilo. No voy a reprocharte nada por irte unos días.
El chico la miró a los ojos, esos que siempre le habían fascinado. Victoria esbozaba una sonrisa y él la conocía lo suficiente como para saber que era de verdad, que no le iba a guardar rencor por abandonarla en aquella Torre. Sonrió y la estrechó entre sus brazos. La chica apoyó su cabeza en el hueco de la garganta del joven. Podía oír su corazón latir, regular, como si fuese una nana; notaba su pecho subir con cada inspiración, y bajar al espirar. Las manos de Jack acariciaban sus cabellos, entreteniéndose a jugar con algunos mechones.
De pronto, la separó de él y la miró seriamente a los ojos. Victoria poder ver reflejado en los de él un amor profundo y sincero, puro, un reflejo de lo que ella sentía.
-Te quiero, pequeña -susurró el chico.
Dicho esto, unió sus labios con los de ella. Ella sonrió y echó los brazos alrededor de su cuello. Él la cogió por la cintura, pegándola tanto como podía y, aun así, le parecía que era demasiado lejos. Se separó un momento para coger aire y cuando volvió a besarla, con cuidado, la tumbó en la cama. Ella sonrió y se dejó hacer, pasando las manos por el pecho del chico hasta llegar al final de la camiseta. Y allí se congelaron sus manos. Jack notó cómo se tensaba, pero no entendía la razón. Victoria había abierto los ojos de repente, para entrecerrarlos poco después.
Kirtash había sentido la presencia del dragón junto a Victoria gracias a Shiskatchegg, el Ojo de la Serpiente. Inspiró profundamente y se acurrucó más entre los árboles, bajo su forma de shek. Era el momento.
«Victoria», pensó.
La respuesta no tardó en llegar.
«¿Christian?».
«He de preguntarte algo: ¿confías en mí?».
«Supongo. Sí».
«Entonces no tengas en cuenta esto».
Antes de que pudiera responder, la comunicación se había cortado y un shek entraba por la ventana. Los ojos de Victoria se abrieron como platos al ver que Kirtash desenvainar una espada de acero. Jack había reaccionado rápido, pero no pudo evitar la estocada de Kirtash, que abrió un corte en el brazo del híbrido dragón. Victoria pudo ver la rabia reflejada en los ojos de Jack: había una mezcla entre odio ascentral, ira y desprecio. No hacía falta darle muchas vueltas a aquello para saber que iba a acabar mal.
Kirtash se hallaba en la ventana, a punto de saltar, con un frasquito transparente del tamaño de medio pulgar con el fondo lleno de sangre. Dirigió una mirada a Victoria y después desapareció. Los ojos del chico, apreció ella, estaban más fríos que normalmente. ¿Qué acababa de pasar?
Jack maldecía por lo bajo y se tapaba con la mano el corte. No había sido muy profundo, por lo que había dejado de sangrar. Empuñaba con rabia a Domivat y parecía decidido a seguir a Christian.
-Ni se te ocurra -exclamó Victoria, poniéndole una mano en el brazo bueno-. Voy a curarte y...
Él la empujó a un lado.
-No -contestó y echó a andar hacia la puerta.
-¡Jack, no puedes ir a por Christian!
-¿Y eso por qué?
-Porque tú y yo sabemos bien que no tienes posibilidades.
Jack dirigió una mirada cargada de ira a Victoria. Tanta era la fiereza de esa mirada que la chica se vio obligada a retroceder.
-Eso ya lo veremos.
-No vayas, por favor.
-No vas a proteger más tiempo a esa condenada serpiente, Victoria. Y tanto que dices que no puedes tomar una decisión... -se giró hacia ella-. ¿Has hecho algo cuando me ha cortado? ¿Le has dicho algo? Y ahora suplicas que no vaya a matarle. No, Victoria, para mí esto está muy claro.
-¡Deja de decir tonterías!
-¿Tonterías? Déjame en paz, Victoria.
El chico salió de la habitación dando un portazo. Los ojos de la joven estaban anegados en lágrimas. ¿Cómo podía decir eso? ¿Lo sentía realmente? El enfado comenzó a apoderarse de ella. Aferró el báculo con fuerza y bajó hasta salir de la Torre. Necesitaba desahogarse.
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