Cuando salió de la Torre, Victoria pudo ver a un dragón dorado surcar el cielo. Los ojos se le anegaron en lágrimas. Lágrimas de horror, de impotencia y de rabia. ¿Cómo podía Jack decirle algo así? ¿De verdad lo sentía? Vio que la humedad de sus ojos había desaparecido. No iba a llorar por algo así. Sabía perfectamente cómo era aquel chico. Y lo quería de todas formas: con sus dudas, con sus celos, con su carácter explosivo. Victoria era consciente de que se lo ponía muy difícil. ¡Por los Seis, le obligaba a compartirla con un shek, su enemigo natural!
Victoria movió la cabeza. Nunca se había sentido así de furiosa, no sabía bien por qué. ¿Por las palabras de Jack? ¿Por la extraña aparición de Christian? ¿Por haberse quedado paralizada y no defender a Jack? «Entonces no me tengas en cuenta esto», había dicho el híbrido shek. ¿Por qué? Las preguntas amenazaban con ahogarla.
Alzó la cabeza y miró el cielo, que se iba oscureciendo poco a poco. Cerró los ojos. No había hecho esto mucho. Siempre corría el riesgo de caer sobre unos picos afilados, o en un lugar al que no deseaba ir. Pero quería... necesitaba salir de ahí. Sintió la luz a su alrededor, la vio como si de una senda se tratase y... caminó por ella.
Jack ascendió, batiendo las alas más bruscamente de lo necesario. Cualquier cosa para desatar su ira. Su plan había sido ir directamente a por Christian y arrancarle la cabeza de un bocado. Pero no podría, y lo sabía. Al igual que Victoria. Bufó al recordar las palabras de la chica. Sabía que lo único que ella quería era mantenerlo a salvo, pero aun así no podía evitar que aquellas palabras le molestasen.
Pero le debía una disculpa. Miró hacia abajo, hacia la imponente Torre, y suspiró. Descendió, lentamente, dándose tiempo para pensar lo que le iba a decir. ¿Que sentía haberse enfadado? En realidad, no lo sentía. Se había sentido herido. Aunque debía reconocer que había actuado de forma exagerada, que había dicho cosas que, seguramente, la habían herido a ella. Resopló. Siempre pasaba lo mismo.
Se posó en la azotea de la Torre y comenzó a descender por los escalones, pausadamente. Cuando llegó a la habitación de Victoria, pegó suavemente.
–¿Vic, puedo pasar? –dijo con el tono más dulce que pudo.
No hubo respuesta.
Jack frunció el ceño. ¿Tan molesta estaba? No, imposible, Victoria jamás reaccionaría de ese modo tan infantil.
–¿Pequeña, estás ahí?
De nuevo, más silencio.
Comenzó a inquietarse. Si no estaba ahí, ¿dónde estaba? ¿Había salido de la Torre? Palideció sólo de pensarlo. De pronto, se le vinieron a la cabeza miles de escenas de Victoria siendo apresada por szish. ¿Qué podría hacer Ashran?
Intentó calmarse. No, Christian no dejaría que la tocasen. ¿O sí? La duda le corroía. Le había cortado el brazo, quería su sangre. Para su padre. Movió la cabeza para aclararse las ideas. A lo mejor Victoria lo estaba esperando en su cuarto.
Volvió a emprender la marcha, esta vez hasta su habitación, casi corriendo. La inquietud le hacía temblar. No tomaba a Victoria por una chica indefensa, ni hablar, sabía que podía defenderse sola... pero hasta un punto. Abrió torpemente la puerta de su cuarto.
–¿VICTORIA?
Tampoco estaba ahí.
Tomó aire y bajó hasta la salida de la Torre. Cuando llegó al exterior, jadeando por la carrera, gritó con todas sus fuerzas 'VICTORIA', pero nada ocurrió. No podía haber ido muy lejos. En fin, ella no podía transformarse en un ser alado.
De pronto, oyó algo tras de sí. Se giró raudo, y vio salir en ese momento, de entre los arbustos, a un siseante szish. Gracias a sus reflejos, pudo esquivar el golpe, aunque la espada le dejó un pequeño arañazo en el brazo.
"Dos veces en el mismo días. Esto no es sano", pensó.
Se llevó la mano hasta el cinto donde llevaba a Domivat y...
... Recordó que la había dejado en la habitación.
Tragó saliva ruidosamente e intentó serenarse. El szish volvía a atacarlo y sólo podía esquivar y huir. Cuando el ser medio serpiente volvió a arremeter contra él, Jack tuvo que tirarse al suelo, siendo así más vulnerable. Trató de levantarse, pero sintió cómo la fría hoja de acero se hundía en su hombro. Chilló de dolor, incapaz de contenerse, y lazó una patada a los pies del szish, que calló al suelo, saliendo así la espada volando y aterrizando no mucho más a la derecha. Jack se dirigía a cogerla, sangrando peligrosamente y con el brazo izquierdo inmovilizado completamente a causa del dolor.
Aun siendo Jack el que tenía más probabilidades de coger la espada, el szish se le adelantó, debido a que el chico tenía la movilidad reducida y notaba todo el peso de su cuerpo en las piernas. El medio serpiente volvió atacar, y el híbrido dragón apenas pudo esquivarlo. Corrió tanto como pudo hacia la Torre de Kazlunn. El enemigo lo perseguía muy de cerca. Agrandó tanto como pudo la distancia y dobló un recodo, quedando escondido. El szish no vio venir la patada en las rodillas que le dio Jack. Quedó tendido en el suelo. Con un esfuerzo sobrehumano, el chico cogió la espada de su oponente y le atravesó el pecho.
Subió las escaleras, queriendo llegar a su cuarto, pero no pudo. A mitad de camino, se desplomó.
Christian había decidido dar un paseo por el bosque para aclararse las ideas. ¿Realmente quería ayudar a su padre con su descabellado plan? Podía aliviar con ello la soledad de Victoria... sólo si su padre cumplía su palabra. No creía que Ashran tuviese tanto poder como para volver a crear a los unicornios. Era, sencillamene, imposible.
Bajó del árbol donde había estado sentado. Qué bello era Alis Lithban ahora que había comenzado a reponerse. Veía a los feéricos ir de aquí para allá, dándole vida a todo; las hojas susurrando palabras que ni él mismo podía oír; el viento danzando entre los árboles...
Comenzó a andar, sumido en sus pensamientos. De pronto, algo entre los arbustos se movió. Echó un vistazo y se le ocurrió una idea. Miró el frasco de sangre....
Sí, podía funcionar.
Idhún.
jueves, 28 de marzo de 2013
lunes, 31 de diciembre de 2012
1 (I)
Victoria miraba a través de la ventana de su cuarto, en la Torre de Kazlunn. Estaba apunto de producirse el primer amanecer, por lo que la luz menguaba poco a poco. Una ligera brisa movía las hojas de los árboles que se veían desde aquel lugar. Suspiró y se fue hacia su cama. Llevaba encerrada varios días, tal vez semanas allí. Era difícil llevar la cuenta del tiempo que pasaba en Idhún, al menos para ella.
Un golpeteo de nudillos en la puerta la sobresaltó. Se volvió a levantar y caminó hacia la puerta, notando el frío del suelo de piedra en los pies. Abrió y vio la figura de Jack ante ella. Le sonrió y le envió a pasar. Él le devolvió una sonrisa forzada y se dirigió a la cama. Se sentó en ella y esperó a que Victoria se acercase. Desde hacía unos días, su relación se había distanciado un poco. El dragón apenas paraba en Kazlunn, pues estaba ocupado haciendo «cosas de dragones». Victoria le había preguntado en alguna ocasión qué significaba eso, pero Jack parecía reacio a contarlo. La chica no había insistido, pero estaba profundamente intrigada.
-¿Qué tal, Vic? -inquirió algo azorado.
La chica se cruzó de piernas y apoyó el codo en la rodilla.
-Bien, estos días apenas ha habido actividad. Y no sé dónde están Qaydar y los aprendices de magia -respondió ella con voz tranquila.
-Siento haberte dejado sola tanto tiempo, es que... -comenzó Jack, pero Victoria lo interrumpió.
-Jack, tranquilo. No voy a reprocharte nada por irte unos días.
El chico la miró a los ojos, esos que siempre le habían fascinado. Victoria esbozaba una sonrisa y él la conocía lo suficiente como para saber que era de verdad, que no le iba a guardar rencor por abandonarla en aquella Torre. Sonrió y la estrechó entre sus brazos. La chica apoyó su cabeza en el hueco de la garganta del joven. Podía oír su corazón latir, regular, como si fuese una nana; notaba su pecho subir con cada inspiración, y bajar al espirar. Las manos de Jack acariciaban sus cabellos, entreteniéndose a jugar con algunos mechones.
De pronto, la separó de él y la miró seriamente a los ojos. Victoria poder ver reflejado en los de él un amor profundo y sincero, puro, un reflejo de lo que ella sentía.
-Te quiero, pequeña -susurró el chico.
Dicho esto, unió sus labios con los de ella. Ella sonrió y echó los brazos alrededor de su cuello. Él la cogió por la cintura, pegándola tanto como podía y, aun así, le parecía que era demasiado lejos. Se separó un momento para coger aire y cuando volvió a besarla, con cuidado, la tumbó en la cama. Ella sonrió y se dejó hacer, pasando las manos por el pecho del chico hasta llegar al final de la camiseta. Y allí se congelaron sus manos. Jack notó cómo se tensaba, pero no entendía la razón. Victoria había abierto los ojos de repente, para entrecerrarlos poco después.
Kirtash había sentido la presencia del dragón junto a Victoria gracias a Shiskatchegg, el Ojo de la Serpiente. Inspiró profundamente y se acurrucó más entre los árboles, bajo su forma de shek. Era el momento.
«Victoria», pensó.
La respuesta no tardó en llegar.
«¿Christian?».
«He de preguntarte algo: ¿confías en mí?».
«Supongo. Sí».
«Entonces no tengas en cuenta esto».
Antes de que pudiera responder, la comunicación se había cortado y un shek entraba por la ventana. Los ojos de Victoria se abrieron como platos al ver que Kirtash desenvainar una espada de acero. Jack había reaccionado rápido, pero no pudo evitar la estocada de Kirtash, que abrió un corte en el brazo del híbrido dragón. Victoria pudo ver la rabia reflejada en los ojos de Jack: había una mezcla entre odio ascentral, ira y desprecio. No hacía falta darle muchas vueltas a aquello para saber que iba a acabar mal.
Kirtash se hallaba en la ventana, a punto de saltar, con un frasquito transparente del tamaño de medio pulgar con el fondo lleno de sangre. Dirigió una mirada a Victoria y después desapareció. Los ojos del chico, apreció ella, estaban más fríos que normalmente. ¿Qué acababa de pasar?
Jack maldecía por lo bajo y se tapaba con la mano el corte. No había sido muy profundo, por lo que había dejado de sangrar. Empuñaba con rabia a Domivat y parecía decidido a seguir a Christian.
-Ni se te ocurra -exclamó Victoria, poniéndole una mano en el brazo bueno-. Voy a curarte y...
Él la empujó a un lado.
-No -contestó y echó a andar hacia la puerta.
-¡Jack, no puedes ir a por Christian!
-¿Y eso por qué?
-Porque tú y yo sabemos bien que no tienes posibilidades.
Jack dirigió una mirada cargada de ira a Victoria. Tanta era la fiereza de esa mirada que la chica se vio obligada a retroceder.
-Eso ya lo veremos.
-No vayas, por favor.
-No vas a proteger más tiempo a esa condenada serpiente, Victoria. Y tanto que dices que no puedes tomar una decisión... -se giró hacia ella-. ¿Has hecho algo cuando me ha cortado? ¿Le has dicho algo? Y ahora suplicas que no vaya a matarle. No, Victoria, para mí esto está muy claro.
-¡Deja de decir tonterías!
-¿Tonterías? Déjame en paz, Victoria.
El chico salió de la habitación dando un portazo. Los ojos de la joven estaban anegados en lágrimas. ¿Cómo podía decir eso? ¿Lo sentía realmente? El enfado comenzó a apoderarse de ella. Aferró el báculo con fuerza y bajó hasta salir de la Torre. Necesitaba desahogarse.
viernes, 28 de diciembre de 2012
Introducción
Kirtash se dirigía al estudio de su padre. Drackwen había quedado sumida en un silencio sepulcral. Los szish que patrullaban la Torre parecían haberse esfumado y los sheks que realizaban su labor de vigías lo hacían con sigilo. El joven recorrió los largos pasillos de la Torre hasta llegar a la habitación que buscaba. Sin llamar siquiera a la enorme puerta de madera oscura, decorada con un hexágono, entró. La sala tenía forma hexagonal y el techo acababa en un pico, donde se unían todas las aristas. En cada esquina de la sala había un árbol, cada cuál diferente. La estancia estaba iluminada por ventanales de vidrio, sucios y bastante viejos. Durante el día entraba una luz mortecina y pálida, mas ahora, en pleno segundo atardecer, apenas se distinguían las figuras.
Kirtash distinguió a su padre en el centro de la sala. Iba trajeado con una larga túnica, remangada por los codos. Parecía estar absorto en sus pensamientos, apoyado en una mesa de madera llena de frascos. Su enorme espalda dificultaba la visión del joven, pero un halo plateado delataba el objeto que se encontraba en el centro de la mesa: el cuerno de un unicornio. La mente de Kirtash voló fugaz hasta Victoria. Rememoró su aspecto, con un enorme agujero en tinieblas en la frente. Movió la cabeza para volver a centrarse.
-Aquí estoy, padre -dijo Kirtash con su característico tono frío y distante.
Ashran se volvió hacia él. Sus ojos mostraban un extraño brillo que hizo al joven recelar. El Nigromante se acercó a su hijo y asintió.
-Te he mandando llamar porque necesito que cumplas un encargo -pronunció con retumbante voz.
-¿De qué se trata?
-Necesito que consigas sangre de dragón -hizo una pequeña pausa. Su hijo sabía ocultar bien las emociones y mostrarse impasible, pero aquel pedido hizo que su cara denotase sorpresa.
-¿Para qué necesitáis eso?
-Eso no te incumbe -respondió tajante-. También necesito la tuya, Kirtash.
Kirtash alzó una ceja.
-Ni lo sueñe, padre. No voy ayudarle en lo que sea que está planeando -se dio la vuelta para girarse, pero Ashran le agarró del hombro.
-¿Y si te digo que podría beneficiar a tu chica unicornio?
Kirtash se tensó ante la mención de Victoria. ¿Qué estaría maquinando su padre ahora? Volvió a ponerse cara a cara a él y lo observó. Ashran había estado encerrado en aquella sala varios días. Era algo frecuente en él, por lo que no le había dado mucha importancia. Pero, ¿qué relación podían tener sus planes con Victoria?
-Te escucho.
Ashran hizo una mueca que, supuso su hijo, pretendía ser una sonrisa.
-Llevo unos días trabajando en un conjuro. Es muy antiguo y he tardado bastante en descifrarlo. Se trata de una empresa arriesgada, con tan sólo una posibilidad entre billones de funcionar... Pero merece la pena intentarlo. Pretendo traer de nuevo los unicornios a Idhún.
Los ojos de Kirtash se abrieron de golpe. Su padre se había vuelto loco. ¿Repoblar aquel mundo de unicornios? Era una imagen tan hermosa como improbable. El Nigromante lo observaba, esperando una respuesta.
-No lo haré, padre. Jamás funcionará -habló al fin moviendo negativamente la cabeza.
-Pero, ¿y si funciona? Piensa en Victoria. Ahora está sola, sin nadie de los suyos. Es la única portadora de la magia. ¿Imaginas la responsabilidad que eso supone? Si me ayudases, podrías liberarla de esa obligación. Además, la rescatarías de la soledad. Reflexiona, Kirtash. Victoria puede no decirlo, mas ambos sabemos que ansía poder estar con los suyos.
El joven miró a los ojos a su padre. Sus palabras tenían sentido. Habían sido pronunciadas en un tono muy convincente. Tanto, que cuando volvió a hablar, lo que dijo fue:
-Está bien. Le ayudaré a llevar acabo su desquiciado plan.
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